Breve historia de la devoción al corazón de María

Una historia de la devoción al corazón de María, aunque breve, nos ayudará a comprender mejor su naturaleza, su práctica y su espiritualidad.

  1. EN LA SAGRADA ESCRITURA.

En la sagrada Escritura está claro que la palabra corazón (leb, lebab, kardía) forma la base de toda la relación religioso-moral del hombre con Dios. El corazón está en el centro de toda la vida psicológica, moral y religiosa; es el lugar donde maduran las disposiciones del hombre, buenas o malas; es el centro de la vida moral, como principio y origen de la responsabilidad, como conciencia; se le considera también como el centro de la vida cognoscitiva y representa por tanto la interioridad del hombre y su intimidad profunda. La antropología veterotestamentaria, por consiguiente, pone el corazón como centro de toda la vida espiritual del hombre; el corazón es principio de vida, memoria, pensamiento, voluntad, interioridad. Aplicado a María, en la expresión corazón de María, el término corazón adquiere una fuerte carga dinámica, capaz de desarrollar las más altas energías espirituales. Los textos mesiánico-epitalámicos (Sal 44; Cant), los que hablan del «corazón nuevo» (Is 12,56-56; Jer 2,31.33; Ez 11,36; JI 2), junto con otros muchos del AT, hacen del corazón la sede del encuentro con Dios.

En el NT el término conserva el valor semántico veterotestamentario (cf Mt 11,29; 15,18-19; 22,37; Lc 6,45; 9,47; 24,25; Jn 12,40; 14,1; 16,22; He 4,32; 7,51.54; Rom 5,5; 2Cor 3,2-3; Ef 3,17; 4,18; Col 3,15-16; Heb 8,10; 10,16).

La devoción al corazón de María tiene el privilegio singular de poder contar con dos textos clave neotestamentarios, base de toda la tradición posterior. Son: «María, por su parte, guardaba todas estás cosas, meditándolas en su corazón (kardía)»(Lc 2,19); «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón (kardía)» (Lc 2,51). Hay que considerar además un tercer texto: «Y una espada atravesará tu alma (psyché)» (Lc 2,35).

Los dos primeros textos se han interpretado de varias maneras, sobre todo en clave histórica, apocalíptica y sapiencial. Para muchos exegetas, Lucas (o el autor del que depende Lucas) quiso insinuar delicadamente que la fuente de sus informaciones es la misma virgen María. Para otros autores modernos, Lc 2,19 y 2,51 presentarían una forma literaria propia del género apocalíptico, utilizada por el redactor para llamar la atención del lector sobre la importancia de lo que se narra. Así sucede en el libro de Daniel; éste, después de la visión del hijo del hombre, dice: «Yo, Daniel, quedé turbado por estos pensamientos y se me demudó el color del rostro; pero lo guardé todo en mi corazón» (Dan 7,28).

Creemos que se trata seguramente de una forma literaria propia del género apocalíptico, usada para señalar no tanto la fuente histórica de la que depende el redactor como el hecho de que María está situada en el centro de la reflexión cristiana sobre los misterios de la infancia de Jesús. Esto es muy importante para la espiritualidad cordimariana, ya que el corazón de María, según las fuentes evangélicas, aparece como la cuna de toda la meditación cristiana sobre los misterios de Cristo. Y esto confiere a la devoción al corazón de María un fundamento escriturístico de valor incalculable.

No hay que olvidar, sin embargo, la perspectiva sapiencial que pone de relieve A. Serra cuando escribe que «meditar en el propio corazón» es una prerrogativa del sabio, que conserva el recuerdo de los hechos para actualizar su contenido 3. Es también interesante señalar que el término meditar (synbállein) alude a la actividad simbólica con que se ponen juntas las realidades antiguas y las nuevas para comprenderlas mejor.

El segundo texto —el de la escena de la presentación en el templo— es igualmente de un gran interés mariológico, ya que en él aparece con insospechada profundidad la asociación interior de María a toda la obra salvífica de su Hijo. Todo lo que se cumple en el cuerpo paciente del Hijo, se cumple también en el corazón y en el alma de la madre.

He aquí, pues, dos elementos esenciales para entender, a partir de la Escritura, la expresión corazón de María.

  1. EN LA PATRISTICA. La patrística, tanto griega como latina, ha desarrollado en espléndidas reflexiones el contenido de los textos de Lucas. «¿Cuál es la espada —se pregunta Orígenes— que traspasó el corazón de María?»4 San Gregorio Taumaturgo expresa ya la idea de que el corazón de María fue como el vaso y el receptáculo de todos los misterios 5; Simeón Metafrastes atestigua una larga tradición oriental que hace del corazón de María el lugar mismo de la pasión de Jesús: «Tu costado fue ciertamente traspasado, pero en el mismo instante lo fue también mi corazón»6. El tema tan importante de la concepción de Cristo mediante la acogida de su palabra por el oído, la fe y la adhesión (aure, fide, corde) es frecuente entre los padres latinos. Canta así Aurelio Prudencio: «Ipsa coruscantis monitum sacra Virgo ministri / credidit atque ideo concepit credula Christum / […] Virginitas et prompta fides Christum bibit alvo / cordis, et intactis condit paritura latebris»7.

A partir de aquí se desarrolló el tema típicamente agustiniano de la concepción del Verbo prius et felicius en el corazón que en el seno de la Virgen, por lo que: «Materna propinquitas nihil Mariae profuisset, nisi felicius Christum corde quam carne gestasset»8. El tema de la concepción en el corazón está presente en la reflexión mariológica de toda la edad media y de las épocas sucesivas hasta el Vat II, que la refiere sin embargo a la maternidad espiritual de María: «Plane mater membrorum… quia cooperata est caritate ut fideles in ecclesia nascerentur, quae illius Capitis membra sunt»9. En san Ambrosio toda la espiritualidad mariana de imitación se relaciona con el culto de María: «Virgo erat… corde humilis» 10. Y la imitabilidad de la Virgen es totalmente interior: «Et sicut sancta faciebat Maria, conferas in corde tuo» «

La edad media, sobre todo el s. XII, en que se desenvolvió un exquisito y equilibrado humanismo religioso, desarrolla ampliamente las ideas de los padres en formas exuberantes, llenas de vida y color. Así, p. ej., el pseudo Anselmo de Lucca 12; así Ruperto de Deutz: «Verbum ipsum quod Virgo fidelis secundurn carnem peperit et lactavit, ipsa secundum fidem prius in corde concepit et ore peperit» 13. Hugo de San Víctor pone claramente de manifiesto el tema según el cual el Verbo descendió al seno de María precisamente porque había sido concebido antes en su corazón: «Nam quia in corde, quo amor Spiritus Sancti singulariter ardebat, ideo in carne ejus virtus Spiritus Sancti mirabilia faciebat» 14. Y de forma semejante se expresan otros escritores espirituales del s. XII: Guerrico, Amadeo de Lausana, san Bernardo, Aelredo de Rievaulx… Una frase de Ricardo de San Lorenzo merece destacarse sobre las demás: «Ex corde beatae Mariae Virginis processerunt fides et consensus, per quae duo initiata est salus mundi» 15. A comienzos del s. XIII, san Buenaventura formula el tema de este modo: «Quia ergo corde concepit verbum fidei, ventre concepit Filium Dei» 16. Santa Gertrudis de Helfta y su escuela elaboran con estas ideas una exquisita espiritualidad: «Videbatur blandus ille ac floridus puellulus, aeterni Patris Filius unicus, cor Matris virginis cum summa voluptate sugere. Quo dabatur intelligi, quod sicut Christi humanitas virgineo lacte nutriebatur, ita ejus divinitas suavissime in hoc innocentissimo et amantissimo corde conquiescebat eoque frui delectabatur» 17.

No podemos seguir citando la riquísima literatura posterior: Gersón, san Bernardino de Sena, san Antonino de Florencia, Dionisio el Cartujano, Tomás de Kempis, que representan el paso entre la edad media y el renacimiento. Esta época reacciona contra la oleada revolucionaria protestante, que había sido precedida por la obra de Erasmo, con una piedad humanista, que se refleja muy bien en los preciosos textos de san Pedro Canisio y de san Francisco de Sales. Posteriormente, la escuela francesa y la sulpiciana con sus principales exponentes (Olier y De Bérulle) y sus discípulos (Saint-Juré, Binet, Poiré, Barry, Gibieuf) orientan la devoción al corazón de María hacia una espiritualidad en la que el rico humanismo salesiano se dispersa muchas veces en un espiritualismo evanescente.

  1. SAN JUAN EUDES. En la historia de la devoción hay que dar un puesto particular a este santo «evangelista, apóstol y doctor» de la devoción a los sagrados corazones de Jesús y de María. Con san Juan Eudes tenemos: congregaciones religiosas dedicadas al culto al corazón de Jesús y al de María; las primeras fiestas litúrgicas con oficio y misa propios; las primeras obras sistemáticas de historia, teología y piedad; las primeras cofradías; las primeras aprobaciones de la iglesia, tanto episcopales como pontificias; las primeras serias oposiciones; la primera gran difusión de la devoción a los sagrados Corazones entre el pueblo cristiano.

¿Qué es lo que intentaba decir san Juan Eudes con la expresión corazón de María? Dos textos significativos lo resumen de esta forma. Esto «quiere decir que su corazón es la fuente y el principio de todas las grandezas, excelencias y prerrogativas que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las criaturas, como el ser hija primogénita del eterno Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo y templo de la santísima Trinidad… Quiere decir también que este santísimo corazón es la fuente de todas las gracias que acompañan a estas cualidades… y además que este mismo corazón es la fuente de todas las virtudes que practicó… ¿Y por qué su corazón es la fuente de todo esto? Porque fueron la humildad, la pureza, el amor y la caridad del corazón lo que la hicieron digna de ser la madre de Dios y consiguientemente poseer todas las dotes y todas las prerrogativas que han de acompañar a esta altísima dignidad» 18. Otro texto define muy bien el objeto de esta devoción: «Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco sólo su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad» 19. Hoy, cuando todavía se intenta determinar el objeto de la devoción a los corazones de Jesús y de María y perduran muchas incertidumbres, es necesario volver a san Juan Eudes para encontrar la verdadera solución.

  1. LAS APARICIONES DE FÁTIMA. Hoy en una historia de la devoción al corazón de María no se puede prescindir de mencionar el mensaje cordimariano que, como una nueva primavera, han traído las apariciones de /Fátima.

San Juan Eudes estuvo sin duda influido por las revelaciones de María des Vallées, pero no las utilizó nunca en apoyo de sus afirmaciones ni aludió a ellas en sus obras. Quiso hacer una obra rigurosamente teológica, cuyos únicos fundamentos fueran la Escritura, la tradición y el magisterio. Los escritores que gravitaban en torno al ambiente de Paray-le-Monial se dejaron llevar un tanto unilateralmente por las revelaciones de santa Margarita María de Alacoque, olvidando en parte los argumentos teológicos. Hoy la devoción al corazón de María se ha visto espléndidamente reforzada por los acontecimientos de Fátima, que han tenido un reconocimiento oficial.

El ángel de Fátima, ya en la primera y en la segunda aparición, afirma: «Los sagrados corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros proyectos de misericordia». Y en la tercera aparición une la reparación al corazón de Jesús con la reparación al corazón de María. La Virgen, en la segunda aparición (junio de 1917), declara a Lucía apóstol de la devoción a su corazón con estas palabras: «Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi inmaculado corazón. Prometo la salvación a quien la practique; esas almas serán amadas por Dios como flores puestas por mí para adornar su trono».

Pero sobre todo en la aparición de julio de 1917 el mensaje sobre el corazón de María se enriquece con una serie de elementos de gran importancia: la visión del infierno, el futuro de la Rusia soviética, los sufrimientos del mundo, de la iglesia y del papa, el triunfo final del corazón de María. En aquella aparición la Virgen prometió venir de nuevo para pedir la comunión reparadora de los primeros sábados y la consagración de Rusia. La primera petición la hizo la Virgen en su aparición de Pontevedra el 10 de diciembre de 1925; la segunda, en la aparición de Tuy la noche del 12-13 de junio de 1929.

De esta forma, las apariciones de Fátima constituyen el núcleo de todo el mensaje cordimariano, mientras que las apariciones de Pontevedra y de Tuy son una especie de pentecostés y de apocalipsis de las apariciones de Cova da Iria. Son un complemento necesario sin el cual Fátima no habría superado un radio de influencia puramente regional y, quizá, limitado en el tiempo. De esta manera el mensaje cordimariano no sólo asumió una dimensión mundial y eclesial, sino que se vio ulteriormente profundizado e interiorizado. Cuando en los años 1942 y siguientes se difunden las dos primeras partes del llamado secreto de Fátima, Fátima se convierte en un fenómeno carismático eclesial de primer orden; desde aquel momento comienza como una nueva era en la historia de la devoción al corazón de María.

III. Liturgia

La fiesta litúrgica del Corazón de María ha pasado por muchas vicisitudes, de las que nos limitaremos a señalar las de mayor importancia.

Como hemos visto por la historia, hubo ante todo una ininterrumpida devoción privada, que no desembocó en formas públicas oficiales. En la primera mitad del s. XVII se tienen las primeras aprobaciones pontificias de cofradías consagradas al culto del corazón de María, por parte de Alejandro VII en 1666, de Clemente IX por los años 1667-1669. En la bula de beatificación de san Juan Eudes se lee: «Coronó su benemérita obra en favor de la iglesia cuando, encendido de singular amor por los sagrados corazones de Jesús y de María, concibió por vez primera —no sin inspiración divina— la idea de rendirles un culto litúrgico». Efectivamente, la primera fiesta litúrgica del Corazón de María se celebró el 8 de febrero de 1648 en la diócesis de Autun. En aquella ocasión el santo compuso textos valiosos para el oficio y para la misa. Posteriormente, en 1669, la Santa Sede no aprobó el oficio y la misa, pero esta negativa se refería a los textos, no a la fiesta en sí misma.

En 1726, por iniciativa del p. Gallifet, se presentó simultáneamente en Roma la demanda de aprobación de las dos fiestas, pero esta petición no fue escuchada. A pesar de ello, Benedicto XIV permitía celebrar la fiesta a la cofradía que tenía su sede en Roma en la iglesia de San Salvatore in Onda. Finalmente, Pío VI, en su destierro de Florencia, el 22 de marzo de 1799 permitió la misa del Corazón de María al ordinario de Parma. Bajo el pontificado de Pío VII, la Sagrada Congregación de ritos, por decreto del 31 de agosto de 1805, concedió la facultad de celebrar la fiesta del Corazón de María a todos los que lo solicitaran, usando el oficio y la misa de la Virgen de las Nieves (5 de agosto). Naturalmente, las peticiones de las diócesis y de las congregaciones religiosas fueron numerosas. Entretanto aumentaban también las oraciones indulgenciadas al corazón de María y las cofradías erigidas canónicamente. El 20 de diciembre de 1808 Pío VII elevó a la dignidad de archicofradía la cofradía erigida dos años antes en la iglesia de San Eustaquio, de Roma.

Algunos hechos extraordinarios anunciaban, en la intención divina, el cercano triunfo de la devoción al corazón de la Virgen. Entre éstos hay que mencionar algunos sucesos milagrosos acaecidos durante la revolución francesa, la inspiración de mons. Dufriche-Desgenettes de establecer en París en 1836 la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias, las revelaciones de la Rue du Bac en 1830, la acción de algunos grandes apóstoles como san Antonio María Claret y las numerosas nuevas fundaciones de institutos religiosos que tenían en su título una referencia al corazón de María.

A pesar de ello, la fiesta seguía sin tener oficio ni misa propios. Estos fueron finalmente concedidos por Pío IX el 21 de julio de 1855. El texto se inspiraba en el anterior de san Juan Eudes. Muy pronto se perfiló en el horizonte una nueva iniciativa: la consagración del mundo al corazón de María. Ya en 1864 algunos obispos pidieron al papa esta consagración, aduciendo para justificarla y motivarla la realeza de María. En septiembre de 1900, entre los votos del Congreso de Lyon hay uno que va en este sentido: «que después de la consagración del género humano al corazón de Jesús, se haga la consagración del mundo a la Virgen, bajo la invocación de Reina del universo». La Cruzada mariana del p. Deschamps se hizo promotora de este movimiento, al que se adhirieron muchas asociaciones religiosas, sobre todo los institutos religiosos cordimarianos. La primera nación que, con el beneplácito de la Santa Sede, se consagró al corazón de María fue Italia, con ocasión del Congreso mariano de Turín en 1897.

En el s. xx nuevos acontecimientos prepararon el gran triunfo litúrgico de la devoción al corazón de María, predicho por María des Vallées. Señalamos tres: las revelaciones de Bertha Petit (1870-1943) sobre el corazón dolorido e inmaculado de María, las apariciones de Fátima y las revelaciones hechas a la mística portuguesa Alejandrina de Balazar. La petición decisiva partió de Fátima y del episcopado portugués. Inesperadamente, el 31 de octubre de 1942, Pío XII en su radiomensaje en portugués consagraba el mundo al corazón de María: «A vos, a vuestro corazón inmaculado, en esta hora trágica de la historia humana, confiamos, entregamos, consagramos no sólo la santa iglesia…, sino también todo el mundo desgarrado por funestas discordias»20.

Sin embargo, lo que se había pedido en las revelaciones de Tuy no era la consagración del mundo, sino la de Rusia, que debía ser hecha por el papa junto con todos los obispos del mundo. Esta consagración la hizo, de forma implícita pero clara, Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984.

El reconocimiento litúrgico de la fiesta del Corazón de María podía decirse finalmente cumplido cuando la Sagrada Congregación de Ritos, por decreto del 4 de mayo de 1944, elevaba la fiesta a rito doble de segunda clase, con oficio y misa propios, para toda la iglesia latina, señalando su fecha el 22 de agosto, octava de la Asunción. Por su parte Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, al clausurar la tercera sesión del Vat II, renovaba en presencia de los padres conciliares la consagración al corazón de María que había hecho Pío XII.

Ya este papa, con la encíclica Haurietis aquas, había ofrecido uno de los textos pontificios más hermosos sobre la devoción al corazón de María cuando afirmaba: «Además, para que el culto al corazón augustísimo de Jesús produzca frutos más abundantes de bien en la familia cristiana y en toda la sociedad humana, los fieles han de obligarse a asociar íntimamente con él la devoción al inmaculado corazón de la madre de Dios. En efecto, es sumamente oportuno que, lo mismo que Dios quiso asociar indisolublemente a la bienaventurada virgen María con Cristo en el cumplimiento de la obra de la redención humana, de manera que nuestra salvación puede decirse muy bien fruto de la caridad y de los sufrimientos de Jesucristo, con los que estaban estrechamente asociados el amor y los dolores de su madre, así también el pueblo cristiano, que ha recibido de Cristo y de María la vida divina, después de haber tributado los debidos homenajes al corazón sacratísimo de Jesús, rinda también al corazón amantísimo de la madre celestial homenajes semejantes de piedad, de amor, de gratitud y de reparación. En armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la Providencia es como Nos mismo quisimos solemnemente dedicar y consagrar la santa iglesia y el mundo entero al corazón inmaculado de la bienaventurada virgen María» 21

Más recientemente, Juan Pablo II, al final de su primera encíclica Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), escribió un texto significativo sobre el corazón de María. Tratando del misterio de la redención, llega a decir: «Este misterio se ha formado, podemos decirlo, bajo el corazón de la Virgen de Nazaret cuando pronunció su fiat. Desde aquel momento, este corazón virginal y materno al mismo tiempo, bajo la acción particular del Espíritu Santo, sigue siempre la obra de su Hijo y va hacia todos aquellos que Cristo ha abrazado y abraza continuamente en su amor inextinguible… La característica de este amor materno, que la madre de Dios infunde en el misterio de la redención y en la vida de la iglesia, encuentra su expresión en su singular proximidad al hombre y a todas sus vicisitudes. En esto consiste el misterio de la madre»22.

IV. Prácticas y espiritualidad

El p. Croiset, que gozó de la confianza de santa Margarita María de Alacoque, resumía así la función de la espiritualidad de la devoción al corazón de María: «Los sagrados corazones de Jesús y de María son demasiado iguales y están demasiado unidos entre sí para que penetrar en uno de los dos no sea entrar al mismo tiempo en el otro. Con esta diferencia: que el corazón de Jesús no admite más que a las almas sumamente puras, mientras que el de María, por las gracias que ella obtiene, purifica a las almas que no lo son y las pone en disposición de ser recibidas en el corazón de Jesús… Sin un gran cariño a la santísima Virgen no se debe esperar nunca tener acceso al corazón sacratísimo de Jesucristo».

En la historia de la piedad mariana la devoción al corazón de María ha suscitado algunas prácticas características de piedad y sobre todo una espiritualidad tanto de carácter ascético de fuerte purificación como de elevación mística muy acentuada. En sus orígenes medievales esta devoción iba unida a las prácticas del primer humanismo del s. XII, de las Ave y de los Gaude, base del rosario. Así el beato Hermann Joseph (+ 1241) canta: «Gaude, plaude, clara rosa, / esto maesto cara prosa, /salutanti, supplicanti, / te roganti, dic amanti: / In Christo te servavero». De forma análoga se expresa Ekberto de Schónau en su célebre súplica Loquar ad cor tuum. En esta época la devoción al corazón de María se derrama en formas de un humanismo devoto, en el que los autores se sienten unidos con el ánimo a María. Una síntesis de esta espiritualidad nos la ofrece un texto del pseudo Anselmo de Lucca: «O Domina, quae rapis corda dulcore tuo; et nunc cor meum, Domina, rapuisti; et ubi, quaeso, posuisti illud ut ipsum valeam invenire?… O raptrix cordium! Quando restitues mihi cor meum?… Cum illud a te postulo, mihi arrides; et statim, tua dulcedine consopitus, quiesco. Cum in me reversus, iterum illud postulo, me amplexaris, dulcissima, et statim inebrior tuo amore. Nunc cor meum non discerno a tuo, nec aliud petere scio a te, nisi tuum. Sed, ex quo sic est cor meum tuo amore inebriatum, tuo amore consopitum, guberna cum tuo, et in sanguine Agni conserva, et in latere Filii colloca»23 De manera parecida se expresa Gautier de Coincy (t 1236) en su ofrenda del corazón. La espiritualidad de este período alcanza su cima con el fenómeno místico del intercambio de los corazones, como sucede en la escuela del monasterio de Helfta.

Las prácticas externas se harán excepcionalmente frecuentes sólo a finales del s. xv, en la piedad del goticismo decadente; irán unidas con otros piadosos ejercicios, que se multiplican igualmente, como el rezo de las Horae s. Mariae y con otras prácticas piadosas que la áspera crítica protestante cancelará de la piedad del pueblo cristiano; aparecen también asociadas a la exuberante proliferación del Ave (téngase presente la evolución que en este tiempo experimenta el rosario), de los Gaude y de los Salterios marianos. El renacimiento se distingue por un nuevo florecimiento de las cofradías y congregaciones, que la piedad barroca de la contrarreforma levantará como una muralla defensiva contra los excesos de la reforma protestante. San Juan Eudes será un gran promotor de estas prácticas y por eso sufrirá los ataques del jansenismo. De la praxis de la consagración, que un día se convertiría en la parte esencial de la devoción al corazón de María, hablamos ya suficientemente en el párrafo anterior.

La costumbre de dedicar el /sábado a la Virgen, que se remonta a la época de Alcuino, se ha convertido hoy en la práctica del primer sábado de mes, consagrado al corazón de María, quizá por analogía con la práctica de los primeros viernes, dedicados al corazón de Jesús. La práctica de los primeros sábados tiene su asentamiento definitivo con las revelaciones de Pontevedra, que la fijan en «cinco » primeros sábados y la animan con la gran promesa del corazón de María. He aquí la promesa: «Mira, hija mía, mi corazón rodeado de espinas, que los hombres ingratos me clavan con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme; y di: A todos los que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen un rosario y me hagan compañía durante cinco minutos meditando en los quince misterios del rosario, a fin de reparar las ofensas que se me dirigen, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación».

El texto de la promesa, aunque desde el punto de vista literario-redaccional se presta a ciertas críticas, es perfectamente teológico y goza de suficientes garantías desde el punto de vista histórico. Cuando fue divulgado, pero sobre todo a partir de 1942, dio lugar a un movimiento de piedad eucarístico-mariana, semejante al de los nueve primeros viernes dedicados al sagrado Corazón.

Ya hemos aludido a las funciones de numerosas congregaciones religiosas que promueven el culto al corazón de María, en virtud de su historia y de su espiritualidad reflejadas en el título que llevan. Puede verse su lista en el Anuario Pontificio. Lo mismo puede decirse de las numerosas archicofradías. En nuestro tiempo todo este movimiento espiritual sufre la misma crítica que otras muchas venerables instituciones de la iglesia. Es obvio que en lo relativo a las prácticas de devoción al corazón de María es necesario llevar a cabo, si no una supresión radical, como algunos quieren, sí al menos una adecuación a la sensibilidad del hombre contemporáneo.

La devoción al corazón de María ha sido siempre a lo largo de toda su historia una fuente inagotable de vida interior para las almas marianas. Las escuelas de Helfta, benedictina, franciscana y dominicana, durante toda la edad media, nos ofrecen textos de incomparable valor ascético y místico. Posteriormente, el humanismo devoto de san Francisco de Sales hace del corazón de la virgen María el lugar de encuentro de las almas con el Espíritu Santo. La escuela berulliana, apartándose de este humanismo, tiende más bien hacia una espiritualidad desencarnada, que satisface solamente a las almas más elevadas. Así, p. ej., la fiesta sulpiciana de la Intimidad de la virgen María, aun siendo teológicamente válida, altera el verdadero sentido de la devoción al corazón de María. San Juan Eudes, a pesar de haber sufrido fuertemente el influjo de Olier, no se dejó arrastrar por este exceso de angelismo. En su obra más significativa Le Coeur admirable de la Mére de Dieu restablece el equilibrio entre el espiritualismo berulliano y el humanismo desbordante de los jesuitas franceses. Pero la influencia de Paray-le-Monial vuelve a romper peligrosamente el equilibrio en favor de un fisicismo (acentuación de la importancia del corazón como órgano físico) que pierde de vista el sentido genuino de la espiritualidad de esta devoción.

En nuestros días, la espiritualidad cordimariana se ha enriquecido con la aportación de los nuevos estudios sobre el corazón de Jesús. Y no hemos de olvidar que los últimos escritos de sor Lucía, sobre todo su Cuarta Memoria, ofrecen riquísimos elementos para una espiritualidad sobre el mensaje de Fátima de indudable alcance místico. Por otra parte, las grandes almas marianas de nuestra época constituyen un claro ejemplo del alto nivel espiritual que puede alcanzar una auténtica espiritualidad cordimariana.

Sin embargo, es necesario que la devoción al corazón de María reexamine el simbolismo que ha utilizado hasta ahora. Si, superando la reciente decadencia semántica, usamos el término corazón en su significado original, suscitará en nosotros una imagen mucho más profunda y rica de contenido, no limitada a la esfera afectivo-sentimental. Para lograrlo es necesario superar más de dos siglos de historia, durante los cuales esta noble palabra —palabra-clave— siguió estando anclada o, mejor dicho, varada en un primer tiempo en las arenas del preciosismo francés, que impregna los textos de santa Margarita María, y luego en las del romanticismo alemán, que domina todo el s. xix. A pesar de ello, en la literatura cristiana esta palabra-clave permaneció abierta a una semántica plenamente humana y con sólidas raíces teológicas.

Si entendemos el término corazón en toda su riqueza semántica, semita y cristiana, por la que viene a designar el punto de referencia, el lugar en donde se concentra su esencia y del que parten sus palabras y sus acciones, y si entendiéndolo así aplicamos el término a la Virgen, veremos que la imagen que evoca es el signo sagrado de la persona y de las acciones de la misma Virgen.

Conviene insistir en la sacramentalidad del corazón; no se ve, pero se prevén sus acciones; se trata de una realidad vital, pero que remite a realidades más altas, humanas y sobrenaturales.

La devoción al corazón de María no puede reducirse a la contemplación del signo del corazón; como sucedió a veces en épocas de gusto decadente. Tiene que abrazar toda la realidad de María, captada como misterio de gracia, el amor y el don total que ella hizo de sí misma a los hombres.

Para concluir, digamos que la espiritualidad cordimariana está llamada a desempeñar, en el terreno más amplio de la espiritualidad mariana, tres funciones importantes: informar, interiorizar y purificar.

Ante todo, por los motivos ya indicados, informa de sí misma a todas las devociones genuinas a la Virgen.

Luego, desempeña una función de interiorización al exigir que los fieles vivan coherentemente en su intimidad (en su corazón) las expresiones externas de piedad que dirigen a la Virgen.

Finalmente, ejerce una función catársica respecto a las diversas expresiones de piedad mariana, para que todas ellas alcancen un alto nivel espiritual; para que, sin perder su espontaneidad y su sinceridad, purificadas de las escorias de un folclore deteriorarte, hagan brillar el oro de la genuina devoción [/Consagración].

J.M. Alonso

V. Memoria litúrgica actual

La MC, de Pablo VI, incluye la memoria del Corazón inmaculado de la bienaventurada Virgen María entre las «memorias o fiestas que… manifiestan orientaciones que brotan en la piedad contemporánea» (MC 8). Es algo perfectamente cierto.

  1. ORIGEN HISTÓRICO DE LA FIESTA. El que promovió de hecho la celebración litúrgica del Corazón de María fue san Juan Eudes (1601-1680), como se deduce también de las explícitas declaraciones de León XIII (1903) y de Pío X (1909), que le dan el nombre de «padre, doctor y primer apóstol» de la devoción y particularmente del culto litúrgico a los sagrados corazones de Jesús y de María, a los que el santo quiso consagrar de manera especial a los religiosos de su congregación. Ya hacia el año 1643 —unos veinte años antes de la fiesta del Corazón de Jesús— empezó a celebrar con sus seguidores la fiesta del Corazón de María. Cinco años después, el 8 de febrero de 1648, esta fiesta se celebró también en público, en la ciudad de Autun, con misa y oficio compuestos por el santo y aprobados por el obispo diocesano. Estos textos litúrgicos propios de san Juan Eudes encontraron la aprobación de numerosos obispos, a pesar de la viva oposición de los jansenistas. El 2 de junio de 1668 la fiesta y los textos litúrgicos recibieron también la aprobación del cardenal legado para Francia. Pero cuando al año siguiente se pidió a Roma la confirmación de esta ratificación, la Congregación de Ritos respondió negativamente.

Fue el jesuita p. Gallifet el que en 1726 renovó una petición formal a la Santa Sede para la aprobación de la fiesta. La causa fue tratada por Próspero Lambertini, el futuro Benedicto XIV, que era entonces promotor de la fe. La Congregación de Ritos respondió por primera vez en 1727 con un non proposita, es decir, con la invitación a no insistir en la petición, ya que ésta, por las dificultades doctrinales que presentaba, habría tenido que encontrarse con una respuesta negativa. Pero Gallifet no se dio por vencido, volvió a insistir, y en esta ocasión, el 30 de julio de 1729, se respondió oficialmente: negative.

Como es sabido, la Santa Sede concedió en 1765 un oficio propio festivo al Sagrado Corazón de Jesús; pero en aquella ocasión no se pensó en proponer otro para el Corazón de María. En 1799 Pío VI autorizó a la diócesis de Palermo a celebrar una fiesta en honor del Corazón santísimo de la bienaventurada virgen María. Pío VII, en 1805, decidió conceder esta celebración litúrgica a todos los que la solicitasen expresamente a Roma, con la obligación de utilizar mutatis mutandis el oficio de la fiesta de nuestra Señora de las Nieves. En tiempos de Pío IX, en 1855, la Congregación de Ritos aprobaba para la celebración del Corazón purísimo de María nuevos textos para la misa y el oficio, utilizando en parte los de san Juan Eudes, pero destinados siempre y solamente a aquellas diócesis y familias religiosas que hubieran hecho la debida solicitud. En 1914, con ocasión de la reforma del misal romano, la fiesta del Corazón de María fue trasladada del cuerpo del misal a un apéndice del mismo, entre las fiestas «pro aliquibus locis».

Posteriormente se presentaron a la Santa Sede muchísimas peticiones que imploraban la extensión de esta fiesta a toda la iglesia. Esas peticiones estaban promovidas, por una parte, especialmente por el celo de los misioneros Hijos del Corazón inmaculado de María (claretianos) y, por otra, por la difusión de una devoción semejante sobre todo después de las apariciones de Fátima. Y esta vez Roma respondió de forma afirmativa. El 31 de octubre de 1942 (y luego, solemnemente, el 8 de diciembre en la basílica vaticana), en el 25 aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII consagraba la iglesia y el género humano al inmaculado corazón de María; como recuerdo perenne de aquel acto, el 4 de marzo de 1944, con el decreto Cultus liturgicus, el papa extendía a toda la iglesia latina la fiesta litúrgica del Inmaculado Corazón de María, asignándole como día propio el 22 de agosto —octava de la Asunción— y elevándola a rito doble de segunda clase. El calendario actual ha reducido la celebración a memoria facultativa y ha querido encontrarle un lugar más adecuado poniéndola el día después de la solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús.

  1. CONTENIDOS DE LOS TEXTOS LITÚRGICOS. Esta cercanía de las dos festividades nos hace retornar al origen histórico de la devoción; efectivamente, san Juan Eudes en sus escritos no separa nunca los dos Corazones. Por lo demás, durante nueve meses la vida del Hijo de Dios hecho carne estuvo rítmicamente palpitando con la del corazón de María.

Pero los textos propios de la misa del día puntualizan además el esfuerzo espiritual del corazón de la primera discípula de jesucristo. El canto para el evangelio y la antífona de comunión, que utilizan a Lc 2,19, y el trozo evangélico de Lc 2,41-51 con su conclusión, nos presentan a María tensa —en la intimidad de su corazón— a escuchar la palabra de Dios y a profundizar en ella. En el primer texto Lucas pone de relieve la amorosa atención de la Virgen a todo lo que ve y escucha y a los acontecimientos divinos en los que se ve envuelta; también José y otros muchos escucharon en particular el testimonio de los pastores, pero María —según nos dice el evangelista—es la única que medita, que intenta penetrar dentro de su corazón en el misterio que está viviendo. Luego, en el segundo texto, Lucas indica a propósito que María y José no comprendieron las palabras de Jesús en el templo; pero, apenas recordada la vuelta a Nazaret, llama la atención sobre una constante de la actitud de María: «Y su madre conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón». De esta forma María, que se había convertido en la madre del Hijo de Dios adhiriéndose a la palabra del Padre en la anunciación, va realizando ahora progresivamente su madurez maternal escuchando y guardando en su corazón las palabras del Hijo. Éste fue el vínculo más profundo que los unió, ya que no habrían sido suficientes los vínculos de la carne y de la sangre (cf Lc 8,21 y 11,28; Mt 12,49-50; Mc 3,34-35). Ella llevó realmente a Jesús más en su corazón que en su seno; lo engendró más con la fe que con la carne.

Así pues, María escuchaba y meditaba en su corazón la palabra del Señor, que era para ella como un pan que la alimentaba en su intimidad, como un agua generosa que riega un terreno fecundo. A lo largo de todo el AT se impone frecuentemente al pueblo elegido la obligación de recordar y meditar en su corazón todo lo que Dios había hecho en favor suyo, de forma que pudiera confirmar y profundizar cada vez más su fe. Ahora la Virgen muestra que ha heredado dignamente esta dote de sus padres. También ella tiene una doble actitud frente a los acontecimientos y las palabras de Jesús: por una parte conserva su recuerdo y por otra se esfuerza en ahondar en su comprensión, reflexionando en su corazón o bien —según el tenor original del verbo symbállein utilizado por Lc 2,19— confrontándolas en su corazón. He aquí la fase dinámica de la fe de María: recordar para profundizar, confrontar para encarnar, reflexionar para actualizar.

Y he aquí la enseñanza para nosotros. Con este esfuerzo de su corazón por comprender la divina palabra, María nos enseña cómo hemos de albergar a Dios, cómo hemos de alimentarnos de su Verbo, cómo hemos de vivir saciando en él nuestra hambre y nuestra sed. Es sobre todo la colecta de la misa donde se recogen estas referencias prácticas: «Oh Dios, tú que has preparado en el corazón de la virgen María una digna morada al Espíritu Santo, haz que nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria». María se convierte así en el prototipo de aquellos que escuchan la palabra de Dios y hacen de ella su tesoro; el modelo perfecto de todos los que en la iglesia deben descubrir con profunda meditación el hoy de este mensaje divino. Imitar a María en esta actitud quiere decir estar siempre atentos a los signos de los tiempos, es decir, a todo lo nuevo y admirable que Dios va realizando en la historia tras las apariencias de la normalidad; en una palabra, quiere decir reflexionar con el corazón de María sobre los acontecimientos de la vida cotidiana, deduciendo de ellos —como lo hizo María— conclusiones de fe.

D. Sartor

NOTAS: AAS 48 (1956) 310 — 2 Le Coeur admirable de la tres sacrée Mere de Dieu ou la dévotion au tres saint Coeur de Marie, en Oeuvres completes VI, 177 y 125 — Cf A. Serra, Motivi sapienziali in Lc• 2,19.51, en Mar 31 (1969) 248-259; Sapienza e contemplazione di Maria secondo Luca 2,19.51b, Ed. Marianum, Roma 1982 — 4 In Lucam homilia XVII: PG 13,1845 — 5 Hom. II in Annuntiatione: PG 10,1 169 -4 Planctus s. Mariae: PG 114,216 — 7 Apotheosis, vv. 579-580, 582-584; CCL 126,97 — 8 De sancta virginitate 3: PL 40,398 —9 Ib, 6: PL 40,399 – 10 De virginibus II, 7: PL 16,220 — 11 De institutione virginis 103: PL 16,345 — 12 De salutatione b. V. Mariae 7: PL 149,582 — 13 In libros Regum 111, 14: PL 167,1157 — 14 De b. Mariae virginitate 2: PL 176,872 — 15 De laudibus b. Mariae V., II, 2,2 — 16 Commentarius in Evangelium s. Lucae 1, 67, ed. Quaracchi, v. VII, 26 — 17 Revelationes IV, 3 18 Le Coeur admirable de la trés sacrée Mére de Dieu…, en Oeuvres completes VII, 133-134 — 19 La dévotion au tres saint Coeur et au tres sacré Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres completes VIII, 435 — 20 AAS 24 (1942) 324 — 21 AAS 48 (1956) 352 — 22 AAS 71 (1979) 322-323 — 23 Medit. super «Salve Regina» 3: PL 149,585.

BIBLIOGRAFÍA: Alonso J.M., El Corazón de María en S. Juan Eudes, Coculsa, Madrid 1958, 1: Historia y doctrina, II: Espiritualidad e influencias; El Corazón de María, alma del mensaje de Fátima, en EM 22 (1972) 240-303; 23 (1973) 19-75; AA.VV., Historia, naturaleza y eficacia de la devoción al Inmaculado Corazón de María, en Est Mar 4 (1945) 563 pp. (n. monográfico); Bustamante J.A., Liturgia cordimariana. Historia y evolución, Coculsa, Madrid 1959; Bover J.M., Origen y desenvolvimiento de la devoción al Corazón de María en los Santos Padres y Escritores eclesiásticos, en Est Mar 4 (1946) 59-171; Canal J.M.-Alonso J.M., La consagración a la Virgen y a su Corazón, Coculsa, Madrid 1960, 1: Historia. II: Teología y vivencia; Fernández D., El Corazón de María en los Santos Padres, en EM 37 (1987) 81-140; García Garcés N., La devoción al Corazón de María en la poesía religiosa de la Edad Media, en EstMar 4 (1946) 173-264; Marín H., El Corazón de María en el magisterio de la iglesia, Coculsa, Madrid 1960; Solano J., El Corazón de María en los escritos de san Juan de Ávila IV, en «De cultu… s. xvr», IV, PAMI, 1983, 383-393.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *